Cómo hacer la voluntad de Dios es una pregunta que, para un cristiano, no debería quedarse solamente en una reflexión teórica: exige aprender a renunciar a nuestra propia voluntad, dominar nuestras malas inclinaciones y librar uno de los combates más difíciles que existen, el que mantenemos contra nosotros mismos.
Hace algún tiempo leí una frase que, desde el primer momento, me impactó profundamente y quedó grabada en mi memoria:
«Las penitencias corporales no son ni absolutamente necesarias ni muy difíciles; pero la renuncia de la propia voluntad y la represión de las malas inclinaciones son de necesidad absoluta para adquirir las virtudes. Es este un combate mucho más difícil».
— San Abraham Kidunaia
Me hizo pensar. Y, sobre todo, me obligó a mirarme por dentro. Porque una cosa es hablar de humildad, paciencia, dominio propio o voluntad de Dios, y otra muy distinta descubrir hasta qué punto somos capaces de vivir realmente de acuerdo con esas virtudes.
🙏 Cómo hacer la voluntad de Dios comienza por vencernos a nosotros mismos
Anteriormente había leído otra enseñanza que también había convertido en uno de mis propósitos:
«Si quieres que tu plegaria llegue hasta el cielo, sobre tres patas se debe sostener: el ayuno, la limosna y la oración».
Reconozco que intento poner interés en las tres.
En lo que se refiere al ayuno, es verdad que algo he avanzado. Como menos que antes y procuro moderarme. Sin embargo, tampoco puedo decir que sepa lo que significa pasar hambre. Por tanto, todavía tengo mucho camino por recorrer. Pero cuando leí las palabras de San Abraham Kidunaia descubrí algo que me hizo reflexionar aún más profundamente. Aquí aparecían dos exigencias que me parecieron no solo importantes, sino esenciales para adquirir las virtudes:
la renuncia de la propia voluntad y la represión de las malas inclinaciones.
Y comprendí que quizá existen sacrificios interiores mucho más difíciles que determinadas penitencias exteriores. Porque privarse de algo puede costarnos. Pero renunciar a nosotros mismos puede costarnos muchísimo más.
⚔️ Renunciar a la propia voluntad: el combate más difícil
En cuanto a la represión de determinados vicios, puedo decir que, afortunadamente, no tengo que combatir contra algunos de los más graves y evidentes, como pueden ser el alcohol, el tabaco o las drogas. Sin embargo, sería un grave error pensar que los vicios son únicamente esos.
Existen también vicios interiores, mucho menos visibles, pero capaces de influir profundamente en nuestro carácter. Y ahí es donde aparece uno con el que sí reconozco que tengo que combatir:
querer imponer mi propia voluntad.
O, dicho de otro modo, el orgullo y la soberbia que muchas veces se esconden detrás de la necesidad de tener razón.
En este terreno reconozco abiertamente que todavía me queda mucho camino por recorrer. No necesito buscar demasiado lejos para comprobarlo. Me sucede en mi propia casa. Mi mujer y mis hijos me lo han dicho muchas veces:
«Eres muy cabezón. Siempre quieres salirte con la tuya. Tiene que hacerse lo que tú dices».
Y probablemente tengan bastante razón.
También puedo observarlo cuando me encuentro en reuniones familiares, amistosas o simplemente participando en una conversación. Yo mismo me doy cuenta algunas veces de cómo levanto la voz, casi inconscientemente, como si aumentar el tono pudiera conceder mayor valor a mi opinión.
Y es precisamente ahí donde debo preguntarme:
¿Estoy intentando defender una idea o estoy intentando imponerme yo?
La diferencia puede parecer pequeña, pero espiritualmente es enorme.
🌿 Humildad y voluntad de Dios: aprender a no tener siempre la razón
Quien lea habitualmente mis escritos habrá comprobado que, en este momento de mi vida, hay dos virtudes sobre las que reflexiono especialmente:
la humildad y la paciencia.
Quizá precisamente porque son dos de las que más necesito.
La humildad no consiste únicamente en reconocer nuestros errores cuando estamos equivocados.
Eso ya es importante.
Pero existe una humildad todavía más difícil: saber que posiblemente llevamos razón y, aun así, no sentir la necesidad de demostrarlo continuamente.
🤫 Aprender a callar también puede ser humildad
Podemos encontrarnos en una conversación convencidos de que nuestro razonamiento es correcto.
Podríamos rebatir al otro.
Podríamos insistir.
Podríamos demostrarle sus contradicciones.
Incluso podríamos terminar teniendo la última palabra.
Pero ¿es siempre necesario?
Quizá haya ocasiones en las que una verdadera muestra de humildad consista precisamente en dejar que la conversación termine sin demostrar que nosotros teníamos razón.
Aceptar incluso que la otra persona pueda marcharse pensando que su razonamiento ha prevalecido.
Aceptar quedar en un segundo plano.
Aceptar que quizá nos consideren menos inteligentes, menos preparados o menos convincentes.
Y hacerlo sin resentimiento.
Esto cuesta.
Al menos a mí me cuesta.
Porque nuestro orgullo desea defenderse y nuestra voluntad desea imponerse.
Por eso considero que renunciar a nuestra propia voluntad constituye un verdadero ejercicio espiritual.
🕊️ Cómo hacer la voluntad de Dios sin entrar continuamente en discusiones
Una de las cosas que más necesito aprender es a callar a tiempo.
Eso no significa que debamos renunciar a expresar nuestra opinión.
Tampoco significa que tengamos que aceptar como cierto aquello que consideramos equivocado.
Podemos mantener nuestras convicciones.
Podemos expresar nuestro criterio.
Podemos incluso explicar por qué pensamos de determinada manera.
Pero existe una diferencia enorme entre dialogar y discutir acaloradamente.
Si queremos crecer en humildad, deberíamos procurar que una conversación no termine convirtiéndose, por nuestra culpa, en un enfrentamiento.
Y cuando hablemos, hacerlo con serenidad.
Con mansedumbre.
Sin levantar innecesariamente la voz.
Sin convertir nuestras palabras en una demostración de superioridad.
Si la otra persona no está de acuerdo, no es imprescindible rebatir cada una de sus palabras.
Y si consideramos conveniente responder, hacerlo sin agresividad y sin esa necesidad interior de conseguir que nuestro punto de vista termine imponiéndose.
🗣️ Expresar nuestra opinión sin querer imponernos
No discutir no significa carecer de criterio.
Podemos seguir pensando exactamente lo mismo después de escuchar a otra persona.
La cuestión no consiste en abandonar nuestras convicciones para agradar a los demás.
Consiste en aprender a convivir con el desacuerdo.
Puedo pensar que llevo razón y, al mismo tiempo, aceptar que la otra persona no me la dé.
Puedo mantener mi opinión sin necesidad de convencerla.
Puedo explicar lo que pienso y después callar.
Parece sencillo cuando se escribe.
Mucho más difícil resulta cuando uno está dentro de una conversación y siente que la otra persona está equivocada.
Precisamente ahí comienza el combate interior.
💬 Aprender a callar y a no tener la última palabra
Si tuviera que resumir esta parte de mi reflexión en una enseñanza práctica, diría que necesito aprender principalmente dos cosas:
callar y no discutir.
Expresar mi opinión, sí.
Defender respetuosamente aquello en lo que creo, también.
Pero no convertir una diferencia de opinión en una batalla que necesariamente tenga que ganar.
Y si decido responder, hacerlo con humildad y mansedumbre.
Hay además un pequeño ejercicio que considero especialmente difícil:
procurar no ser siempre quien tenga la última palabra.
Porque tener la última palabra puede producirnos una pequeña sensación de victoria.
Pero ¿qué hemos ganado realmente?
Quizá hayamos ganado una discusión y, sin embargo, hayamos perdido una oportunidad de ejercitar la humildad.
⛓️ La represión de las malas inclinaciones también fortalece el carácter
La segunda parte de la frase de San Abraham Kidunaia se refiere a la represión de las malas inclinaciones.
Si realmente queremos mejorar nuestro carácter, no basta con cuidar aquello que los demás ven.
También debemos trabajar sobre aquello que sucede dentro de nosotros.
Existen vicios que afectan directamente al cuerpo y que pueden llegar a destruir a una persona: el abuso del alcohol, el tabaco, las drogas y otras dependencias.
No solo pueden perjudicarnos a nosotros mismos, sino también a quienes viven a nuestro alrededor.
Pueden significar un enorme derroche de salud, de dinero, de tiempo y de oportunidades.
Un dinero que quizá estamos gastando en algo que nos perjudica cuando podría emplearse en algo bueno o ayudar a alguien que realmente lo necesita.
Pero también existen malas inclinaciones que afectan especialmente a nuestro interior.
Y estas pueden pasar mucho más inadvertidas.
🪞 Orgullo, soberbia y carácter: los vicios que no siempre se ven
El orgullo.
La soberbia.
La ira.
La impaciencia.
El egoísmo.
La necesidad de destacar.
El deseo de imponer nuestra voluntad.
La incapacidad de aceptar una crítica.
La necesidad permanente de demostrar que tenemos razón.
Todos ellos pueden ir moldeando nuestro carácter sin que apenas nos demos cuenta.
Por eso el combate no puede reducirse exclusivamente a eliminar determinados hábitos exteriores.
También hemos de preguntarnos:
¿Qué clase de persona estoy construyendo dentro de mí?
Porque si nuestra voluntad es débil y no aprendemos a dominarnos en esas pequeñas luchas interiores, resultará mucho más difícil resistir cuando aparezcan otras tentaciones mayores.
Fortalecer el carácter requiere perseverancia.
No se consigue de un día para otro.
Y seguramente tampoco consiste en llegar a un momento en el que podamos decir: «Ya lo he conseguido».
Siempre habrá algo que corregir.
Siempre habrá alguna inclinación contra la que luchar.
Siempre podremos crecer un poco más.
✝️ Cómo hacer la voluntad de Dios: dejar de colocar la nuestra en primer lugar
Después de reflexionar sobre todo esto, llego al que considero el punto fundamental.
Si verdaderamente queremos hacer la voluntad de Dios, tendremos que aprender poco a poco a dejar de colocar siempre nuestra propia voluntad por delante.
No se trata de convertirnos en personas sin carácter.
Al contrario.
Hace falta mucho carácter para dominarse a uno mismo.
Hace falta fortaleza para callar cuando querríamos responder.
Hace falta humildad para ceder cuando nuestro orgullo nos pide imponernos.
Hace falta paciencia para aceptar que las cosas no siempre sucederán como queremos.
Y hace falta fe para confiar en que el camino que Dios nos propone puede ser mejor que aquel que nosotros habíamos imaginado.
Quizá sea esta una de las mayores paradojas de la vida espiritual:
cuando dejamos de intentar ser dueños de todo cuanto nos rodea, comenzamos a ser verdaderamente dueños de nosotros mismos.
🌅 Conclusión: la verdadera victoria está dentro de nosotros
He comprendido que cómo hacer la voluntad de Dios no es una cuestión que pueda resolverse únicamente mediante grandes sacrificios o grandes propósitos.
Muchas veces comienza en cosas aparentemente pequeñas.
Callar cuando queremos tener la última palabra.
Escuchar cuando preferiríamos interrumpir.
Hablar con mansedumbre cuando sentimos que aumenta nuestro enfado.
Aceptar que otro piense diferente.
Reconocer nuestros defectos.
Combatir nuestras malas inclinaciones.
Renunciar a la necesidad de imponer nuestra voluntad.
Para mí, este sigue siendo un camino de aprendizaje.
No escribo estas palabras desde la posición de quien ya ha alcanzado aquello de lo que habla. Las escribo precisamente porque soy consciente de cuánto me queda todavía por recorrer.
Pero quizá reconocer nuestras propias debilidades sea ya un primer paso.
Porque la verdadera lucha no siempre se encuentra fuera.
Muchas veces está dentro de nosotros.
Y posiblemente una de las mayores victorias que podamos alcanzar sea aprender a vencernos a nosotros mismos para que, poco a poco, nuestra voluntad deje espacio a la voluntad de Dios.
¿Y tú? ¿Has experimentado alguna vez esa lucha entre querer tener razón y decidir callar por humildad?
Me gustaría conocer tu reflexión. Puedes compartirla en los comentarios y, si este tipo de contenidos te ayudan a detenerte, pensar y mirar un poco más hacia tu interior, te invito a suscribirte al blog para recibir mis próximas reflexiones
✍️ Sobre el autor:
Alejandro de Lucas, Apasionado por los valores humanos, la verdad y el poder transformador del compromiso.
📚 Escritor de novela histórica y romántica
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